lunes, 8 de octubre de 2007

Montando muebles del Ikea, entre otras cosas (domigo 30 de septiembre)


Estoy montando el aparador/cajonera que compré el domingo pasado en el Ikea.

Ayer, sábado, fregué y adecenté el salón. Más tarde, sobre las diez, decidí llamar a mi compañera catalana para saber qué planes había. Bajan a Chicago, me avisa para decir adónde van. Cuando recibo su mensaje y, ya duchado, voy al coche, veo un sobre en el suelo. Lo compruebo. Sí, es mi matrícula. Y sí, es una multa:50$. Llevo 80$ en multas en dos días. He aparcado delante de un colegio. Hay una señal que indica no aparcar en días de colegio. Pero era fin de semana, así que... Curiosamente, unos metros más adelante, detrás de la ramas de un árbol, hay otra señal que dice que no se puede aparcar donde he aparcado. No me van a ganar. Rompo la multa y entro al coche. El coche no arranca. En fin. Hoy me han vuelto a ganar. Vuelvo a mi apartamento, me desnudo y me acuesto.

Hoy me he levantado a las nueve y media. He ido en bici al Pep-Boys, les he indicado que necesitaba una grúa (que claro, supondrían que no iba a pagar) y que lo volvieran a mirar. He llamado a la grúa que tienen contratada. Tardará una hora. A las dos horas no ha llegado. Vuelvo a llamar. Espero otra hora.

Y, en estos momentos, pese a todo, estoy montando el mueble de Ikea. Pensando que el destino, este país y los recuerdos no me van a ganar. Y consigo montarlo, pese a que yo suelo ser malísimo para todo tipo de trabajos físicos y manuales (no sé si hacer comentarios sobre la ambigüedad de esta frase). Y, por supuesto, pese a todo, no me siento orgulloso. Sólo lamento montarlo solo, haberlo montado solo, que la otra persona no lo haya visto, Esa otra persona que creo que lo hubiera valorado, que le hubiera hecho gracia, e incluso excitado. En este mi salón rojo, ya con una apariencia aceptable. Pero quizás ese sea el problema. Que esa otra persona se preocupaba más de estas cosas, de las apariencias, de los instantes, que de los sentimientos de la persona de enfrente, que de lo profundo (aunque los pequeños instantes sean también esenciales), que de lo importante.

Y me vuelvo a sentir solo en mi salón rojo con mi nuevo mueble de Ikea. Con mi nueva mesita de Ikea. Con mi nueva lámpara de Ikea.

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