Cosas que puedes perder, dejar, abandonar o nunca tuviste en este mundo complejo:
Dos pesas azules de plástico que apenas has usado y no viajarán contigo a España en un service apartment de Hong Kong..
Un absurdo aparato de abdominales que te dio tu cajas de ahorros a cambio de los puntos de tu tarjeta de débito en un piso de Barcelona.
Unas cuerdas en un apartamento de un pueblo de Valencia.
Una bicicleta estilo chopper que compraste por menos de 100 dólares americanos en un Target, y unos muebles blancos del Ikea, y el cargador de tu móvil norteamericano y una cama y un televisor de segunda mano y unos cuantos litros de alcohol para futuras fiestas que nunca diste o sentiste en un apartamento de Chicago.
La cazadora que te regaló por tu cumpleaños tu tía favorita (y tal vez, lamentablemente para ella, tú su sobrino predilecto) en el autobús de Alsa que te llevaba al aeropuerto.
Drácula de Coppola y Un corazón en invierno en VHS, crema hidratante y los restos de un frasco de colonia en un piso de Valladolid.
La Niña de la Guerra Civil y el falso amor y la falsa felicidad del MDMA en un adosado de Sanlúcar de Barrameda.
Tu indio favorito que tiraste sin saber porqué al Pisuerga desde el Puente Mayor.
Una persona, unos muslos, una voz, varias camas, tus erecciones, la serenidad, el corazón, el cerebro, tu deseo, unas personas, la juventud, tu olor, las esperanzas en algunos de los lugares mencionados.
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sábado, 6 de diciembre de 2008
jueves, 20 de marzo de 2008
“Semana santa” (miércoles 19 de marzo, madrugada del 20)
Ya es “semana santa”. Este año es muy pronto. Demasiado pronto. La siento demasiado pronto en todos los sentidos. Por supuesto, hace décadas que dejó de tener un sentido religioso para mí. Más o menos hace dieciocho años, cuando dejé de ver como realista la existencia de dios. Del dios judeocristiano. Prácticamente de cualquier dios. Cualquier dios antropomórfico e inteligible. Cualquier dios que sea algo más que el devenir de años y átomos. Puedo estar equivocado. No me importaría. Pero no encuentro demasiados motivos y/o pruebas para pensar en ello.
Pese a todo, incluso después de este cambio en mi forma de ver y entender la existencia, seguí viendo con curiosidad las muestras de la herencia cultural judeocristiana en mi austera y sangrienta versión castellana, seguí y sigo disfrutando de las películas más o menos históricas, del género “peplum” y relativos… De la misma manera que me sigue interesando el mensaje de Cristo, fuera quien fuera, aunque sea en sí mismo imposible de llevar a la práctica… Y me pareció igualmente curiosa la práctica luterana en Noruega, cuando realicé el “scan-rail” durante mi estancia erasmus, ver las calles de Oslo desiertas en “jueves santo” frente al bullicio y el ir de copas católico, incluso en la austera capital de Castilla.
Pero los últimos dos años fueron distintos. Estos últimos dos años que han provocado la existencia de este blog narcisista y egocéntrico. De este blog que, de momento, vuelve a sí mismo como un boomerang idiota.
Hace dos años viví momentos de felicidad que estallaron en mi mente y mis manos. Creí y me dejé enamorar absurdamente por la imagen de la niña de las marismas. Recorrí y recorrimos más de una y de cinco veces las rotondas del éxtasis. Experimenté taquicardias humorísticas y placenteras. Me inventé o creí ver a la niña de la guerra civil, parece que ya definitivamente muerta. Y hubo, como siempre, también momentos de decepción y angustia. Momentos ridículos como sólo los humanos podemos permitirnos. Pero también momentos de felicidad que estallaron en mi mente y mis manos.
Hace un año (las fechas no son precisas, esta semana santa es demasiado pronto), ya más realista, más decepcionado, pero todavía idiota, conocí lo que es ir a Tánger como cualquier marroquí. El simpático racismo de la empresa ALSA. Cómo se puede tardar más de tres horas en cruzar el Estrecho en un ferry lento. Revivir en los ojos y la mente las escenas de los inmigrantes italianos viajando a América. Comprobar cómo España y Marruecos, cómo los españoles y los marroquíes nos parecemos más de los que le gustaría a algunos. Pero ya los momentos de decepción y angustia fueron mayores. Aunque seguí palpando una mano, creí que un corazón, un cuerpo. Seguí sintiendo la leve esperanza de una llama. Pero el vacío fue creciendo. La sensación opresiva en el pecho.
De estos dos años queda esto. Este blog. Por fortuna mis compañeros de viaje a Sanlúcar, que siguen siendo mis anfitriones. La sensación opresiva en el pecho.
Y esta semana santa se presenta muy distinta. Viene a verme a Barcelona una chica de voz dulce a la que apenas conozco más allá de su voz, más allá de sentimientos y experiencias comunes, y a la que seguramente estará bien conocer. Y sé que debería dejar de añorar los últimos dos años, que debería disfrutar de lo que la vida me ofrece. Disfrutar con esta chica/mujer de estar vivos, ser aún jóvenes. De una ciudad como es Barcelona, de este piso céntrico junto a un barrio tan interesante como es el Raval. Debería hacerlo. Y aunque mi mente sigue idiota, aunque todavía no he conseguido dejar de añorar lo que nunca fue bueno, una promesa de algo que nunca existió, lo intentaré. Veré el “Drácula” de Coppola intentando pensar sólo en el presente o incluso en el futuro. Beberé una pepsi pensando que es posible.
Pese a todo, incluso después de este cambio en mi forma de ver y entender la existencia, seguí viendo con curiosidad las muestras de la herencia cultural judeocristiana en mi austera y sangrienta versión castellana, seguí y sigo disfrutando de las películas más o menos históricas, del género “peplum” y relativos… De la misma manera que me sigue interesando el mensaje de Cristo, fuera quien fuera, aunque sea en sí mismo imposible de llevar a la práctica… Y me pareció igualmente curiosa la práctica luterana en Noruega, cuando realicé el “scan-rail” durante mi estancia erasmus, ver las calles de Oslo desiertas en “jueves santo” frente al bullicio y el ir de copas católico, incluso en la austera capital de Castilla.
Pero los últimos dos años fueron distintos. Estos últimos dos años que han provocado la existencia de este blog narcisista y egocéntrico. De este blog que, de momento, vuelve a sí mismo como un boomerang idiota.
Hace dos años viví momentos de felicidad que estallaron en mi mente y mis manos. Creí y me dejé enamorar absurdamente por la imagen de la niña de las marismas. Recorrí y recorrimos más de una y de cinco veces las rotondas del éxtasis. Experimenté taquicardias humorísticas y placenteras. Me inventé o creí ver a la niña de la guerra civil, parece que ya definitivamente muerta. Y hubo, como siempre, también momentos de decepción y angustia. Momentos ridículos como sólo los humanos podemos permitirnos. Pero también momentos de felicidad que estallaron en mi mente y mis manos.
Hace un año (las fechas no son precisas, esta semana santa es demasiado pronto), ya más realista, más decepcionado, pero todavía idiota, conocí lo que es ir a Tánger como cualquier marroquí. El simpático racismo de la empresa ALSA. Cómo se puede tardar más de tres horas en cruzar el Estrecho en un ferry lento. Revivir en los ojos y la mente las escenas de los inmigrantes italianos viajando a América. Comprobar cómo España y Marruecos, cómo los españoles y los marroquíes nos parecemos más de los que le gustaría a algunos. Pero ya los momentos de decepción y angustia fueron mayores. Aunque seguí palpando una mano, creí que un corazón, un cuerpo. Seguí sintiendo la leve esperanza de una llama. Pero el vacío fue creciendo. La sensación opresiva en el pecho.
De estos dos años queda esto. Este blog. Por fortuna mis compañeros de viaje a Sanlúcar, que siguen siendo mis anfitriones. La sensación opresiva en el pecho.
Y esta semana santa se presenta muy distinta. Viene a verme a Barcelona una chica de voz dulce a la que apenas conozco más allá de su voz, más allá de sentimientos y experiencias comunes, y a la que seguramente estará bien conocer. Y sé que debería dejar de añorar los últimos dos años, que debería disfrutar de lo que la vida me ofrece. Disfrutar con esta chica/mujer de estar vivos, ser aún jóvenes. De una ciudad como es Barcelona, de este piso céntrico junto a un barrio tan interesante como es el Raval. Debería hacerlo. Y aunque mi mente sigue idiota, aunque todavía no he conseguido dejar de añorar lo que nunca fue bueno, una promesa de algo que nunca existió, lo intentaré. Veré el “Drácula” de Coppola intentando pensar sólo en el presente o incluso en el futuro. Beberé una pepsi pensando que es posible.
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