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sábado, 22 de marzo de 2008
Capitanes intrépidos idiotas (o capitanes idiotas intrépidos) y chicas dulces ( sábado 22 de marzo)
El mundo es muy complejo. Sí. Y muy absurdo. Y el Capitán Logos sigue siendo idiota.Viene la chica de Valencia. Una chica tan dulce como su voz. Idiota como el Capitán Idiota. La Chica Dulce, como buena chica, ha viajado a Madrid. Curiosamente está en Barcelona. La recibe el Capitán Idiota.En el metro el Capitán Idiota y la Chica Dulce sonríen a una niña de apenas cuatro meses. Se llama Lúa, un nombre portugués. Lo dice su padre, un chico de apenas 18 años, su mujer igual o más joven, tal vez brasileña. El Capitán Idiota hace bromas sobre los panes bajo el brazo y los 1500 euros que ha conseguido por nacer a tiempo. El chico comenta que la verdad es que Zapatero se porta, no como Rajoy, que han metido el dinero en una cartilla y que se lo darán cuando cumpla 18 años. Ojalá puedan hacerlo. El Capitán Idiota está de acuerdo sobre lo de Zapatero. Hace una nueva broma sobre la niña de Rajoy. Ellos, dice el chico, se bajan en "Pueblo Seco". La niña sonríe. Barcelona.Cenan. Se reúnen con la Capitana Golfa, el Capitán Honestidad, su hermana y el amigo de Poble Sec. La Capitana Golfa transmuta en bruja y les lee las cartas en el piso. El loco, el comienzo y el fin, el señor que dirige su destino. Disfruta. Deja que te quieran. No hagas esperar demasiado. Se van a las 8 a Valladolid. El Capitán Idiota y la Chica Dulce se quedan en Barcelona. Duermen. Pasean. Ven dos veces el Drácula de Coppola.Qué sencilla sería la vida si fuera sencilla. Cuánto pueden influir los primeros años, la familia. Cómo se parecen todos los errores de todos los humanos. Algunos errores de algunos humanos. Cómo se encuentran capitanes idiotas y solitarios.Por qué siento que engaño a alguien. Que me engaño. A qué, a una promesa que nunca fue, que sólo fue promesa. A una mujer que nunca fue verdad, que nunca fue sincera. A qué, a quién engaño: ¿A ella?, ¿a la Chica Dulce?, ¿al Capitán Idiota?Si todo fuera sencillo, si la vida fuera sencilla, si supiéramos por qué elegimos unos átomos y no otros, unos ojos, unas formas... Si pudiéramos decidirlo. Si la promesa hubiese sido tan dulce como la Chica Dulce en las noches y las camas hubiese sido algo más que una promesa. Hubiese sido más sencillo. Quién sabe si hubiese sido feliz.El Artista Ciclotímico llama. El Capitán Idiota manda un mensaje al Capitán Honestidad. El Capitán Honestidad llama al Capitán Idiota. El Capitán Idiota manda un mensaje al Artista Ciclotímico. El Artista Ciclotímico llama al Capitán Idiota. El Capitán Idiota recibe y manda un mensaje a la Capitana Golfa. Parecen felices por él. El Capitán Idiota sigue estando idiota, no sabe si es más intrépido o más idiota. Aún necesita encontrarse. El Capitán Idiota no quiere hacer daño a nadie. No quiere hacer daño a la Chica Dulce. No quiere hacerse daño. La Chica Dulce está durmiendo la siesta. La Chica Dulce despierta.
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viernes, 31 de agosto de 2007
Lluvia, presentaciones, ramas y taburetes (jueves 23 de agosto)
Estoy sentado en un taburete azul, apoyado en un mostrador rosa, viendo caer la lluvia en North Avenue. Cuatro pasos después de haber bajado del tren de Waukegan estaba ya empapado. Las carreteras que circunvalan Wicker Park están anegadas de agua. Después de hundirme en el primer charco he dejado de evitarlos. Y, una vez más, desorientado en este mi barrio, he entrado en este establecimiento de comida rápida atendido por mejicanos. Estoy comiendo un “English style Fish&chips” y bebiendo una cocacola. Todo está en recipientes de poliuretano. Si los chinos imitan a los norteamericanos levemente al mundo le quedan siete días.
Ciertas imágenes, ciertos pensamientos no logran salir de mi cabeza. Me siento un tanto vacío, sintiendo que he intentado dar algunas cosas que sólo se me han caído de las manos. Ahora me siento pobre, torpe y estúpido. Y sigo echando de menos algunas cosas, olores, formas. Hace un año estaba en Edimburgo trabajando en el festival. Como los seis años anteriores. Pero el año pasado acompañado. Sé que doy más importancia al pasado de la que tiene. Más de la que los otros participantes le han dado nunca. Pero la racionalidad está, desde hace meses, casi años, perdiendo la batalla contra algunos incompresibles y estúpidos sentimientos.
Y el caso es que, en este establecimiento de comida rápida, sentado en este taburete azul, apoyado sobre este mostrador rosa, viendo caer la lluvia, pensando mientras en todas estas cosas, no dejo de ser el protagonista, una vez más, de un imperfecto e hiperrealista “sueño americano”.
Estoy sentado en un taburete negro, apoyado en una mesa blanca, viendo caer la lluvia en el concesionario Mazda y autodealer Rosen&Rosen en Green Bay Road, Waukegan. Mientras espero a que un vendedor me atienda veo caer la lluvia sobre carreteras secundarias. Me atiende Joe Pérez, un vendedor hijo de mejicanos, nieto de españoles, que se empeña en que me lleve por 2200$ un Geo Prizm (un Chevrolet con motor Toyota) del 95 con 159000 millas (255000 Km.). Yo había venido buscando un Pontiac del 2000 con 90000 millas. Como el Pontiac no está y el Geo no me convence, dejo una señal de 200$ para estar el segundo en la lista de espera para el primero. Después, camino, Washington St. abajo hasta una parada de autobús. Son las 16:40. Ya no hay tiempo ni ganas para ir a Human Resources y firmar el contrato. Prefiero volver a Chicago.
Estoy caminando, después de haber cenado “English style fish&chips”, intentando encontrar mi calle. Los charcos me tapan los tobillos. En casi todas las calles hay ramas caídas en las aceras. Pregunto a una chica. Entra en el bar de al lado y pregunta a una amiga. Aunque no me orienta muy bien se empeña en que me lleve su paraguas. “Don’t worry. It’s too late for me”, frase que espero que no sea profética. “I can’t give it to you back”. El paraguas parece bueno y huele a nuevo. He de reconocer que, en estos no mis mejores días, estoy encontrando casi siempre a un norteamericano que los mitiga con un gesto amable.
Cuando llego a mi calle está cortada por las ramas caídas. En mi apartamento, mi casero, una mujer y sus dos hijas están terminando de pintar el salón y algunas tuberías con la pintura roja y azul que compré. Él está hablador y bromista como acostumbra, aunque no le guste cómo ha quedado el salón.
Estoy sentado en el teatro de Waukegan. Hemos venido en autobuses escolares desde las diferentes escuelas. Es la presentación del año escolar. Primero ha tocado una banda infantil. Después tres cadetes, la bandera, los discursos de los representantes educativos, sindicales, del superintendente. Se menciona a todas las escuelas, las que han obtenido mejores resultados, de una manera u otra todos hemos aplaudido o sido aplaudidos, también los profesores españoles… Si tuviera la cabeza más despejada disfrutaría más del acto. Si, pese al sueño, no pensara siempre en lo mismo…
Y para finalizar dos charlas. La más interesante la de un profesor de Harvard, hijo de puertorriqueña y afroamericano que ha nacido en Harlem. Expresa unas cuantas verdades/realidades y pone énfasis en la importancia de que los inmigrantes aprendan inglés.
Estoy caminando al concesionario Mazda y autodealer Rosen&Rosen. Parece que la escuela es definitiva. Ya he estado en mi clase. Junto a la mía estará una profesora española que llegó el año pasado. Me vendrá bien como ayuda. Hemos hablado de Waukegan, de las “peculiaridades” del sistema. Debería adornar la clase. Pero me acaban de abrir la puerta y debería comprar un coche y firmar el contrato. Decido ir al concesionario Mazda para ver el Pontiac del que me hablaron la última vez.
Estoy tumbado en mi colchón, sobre mis sábanas rojas, escribiendo esta entrada en un cuaderno. El piso entero huele a pintura. El colchón, aunque pequeño, se me sigue haciendo grande. La sensación de estafa y pérdida de tiempo del último año y medio no termina de irse. Y, pese a todo, por ello mismo, no termino de entender algunos sentimientos. Mañana tengo un curso de tres horas a las 8 en Greyslake. Podría ir hasta Waukegan y que me llevaran, pero voy a intentar llegar directamente en tren y levantarme una hora más tarde. Después debería ordenar un poco mi clase (no creo que pueda decorarla mucho) y firmar el contrato. Si hay suerte, tal vez el sábado pueda traer los muebles de los amigos de mi “agente”. Tengo que hacer que ciertos pensamientos e ideas salgan por fin de mi cabeza. Que los recuerdos sean sólo recuerdos y no hieran. Intentar vivir, disfrutar y aprovechar este mi pequeño, imperfecto y tan real “sueño americano”.
Estoy caminado por las calles en tinieblas de Chicago. Hoy es la presentación oficial del curso escolar y a las 8 de la mañana debemos estar en el teatro de Waukegan. Primero hay desayuno en las escuelas. En la parada del tren me encuentro con la pareja gay de españoles. Parece que mi portátil aún no se ha dejado ser arreglar.
Estoy volviendo en tren con una compañera a Chicago. Llueve. Un poco antes de Evanston nos anuncian por megafonía que el tren se parará un rato por las ramas caídas en la vía. Frente a nosotros una señora de unos setenta años nos pregunta que en qué lengua hablamos y por nuestra presencia en Estados Unidos. Lleva un pañuelo en la cabeza y el pantalón hasta casi los pechos. Nos dice que es uno de los pocos países de Europa donde no ha estado. Que será el siguiente. Se baja junto a mi compañera en Evanston.
Son las 12:15. Me tengo que levantar a las 6 y ver si hay suerte y no me pierdo. Me levanto para lavarme la boca y echarme a dormir.
Ciertas imágenes, ciertos pensamientos no logran salir de mi cabeza. Me siento un tanto vacío, sintiendo que he intentado dar algunas cosas que sólo se me han caído de las manos. Ahora me siento pobre, torpe y estúpido. Y sigo echando de menos algunas cosas, olores, formas. Hace un año estaba en Edimburgo trabajando en el festival. Como los seis años anteriores. Pero el año pasado acompañado. Sé que doy más importancia al pasado de la que tiene. Más de la que los otros participantes le han dado nunca. Pero la racionalidad está, desde hace meses, casi años, perdiendo la batalla contra algunos incompresibles y estúpidos sentimientos.
Y el caso es que, en este establecimiento de comida rápida, sentado en este taburete azul, apoyado sobre este mostrador rosa, viendo caer la lluvia, pensando mientras en todas estas cosas, no dejo de ser el protagonista, una vez más, de un imperfecto e hiperrealista “sueño americano”.
Estoy sentado en un taburete negro, apoyado en una mesa blanca, viendo caer la lluvia en el concesionario Mazda y autodealer Rosen&Rosen en Green Bay Road, Waukegan. Mientras espero a que un vendedor me atienda veo caer la lluvia sobre carreteras secundarias. Me atiende Joe Pérez, un vendedor hijo de mejicanos, nieto de españoles, que se empeña en que me lleve por 2200$ un Geo Prizm (un Chevrolet con motor Toyota) del 95 con 159000 millas (255000 Km.). Yo había venido buscando un Pontiac del 2000 con 90000 millas. Como el Pontiac no está y el Geo no me convence, dejo una señal de 200$ para estar el segundo en la lista de espera para el primero. Después, camino, Washington St. abajo hasta una parada de autobús. Son las 16:40. Ya no hay tiempo ni ganas para ir a Human Resources y firmar el contrato. Prefiero volver a Chicago.
Estoy caminando, después de haber cenado “English style fish&chips”, intentando encontrar mi calle. Los charcos me tapan los tobillos. En casi todas las calles hay ramas caídas en las aceras. Pregunto a una chica. Entra en el bar de al lado y pregunta a una amiga. Aunque no me orienta muy bien se empeña en que me lleve su paraguas. “Don’t worry. It’s too late for me”, frase que espero que no sea profética. “I can’t give it to you back”. El paraguas parece bueno y huele a nuevo. He de reconocer que, en estos no mis mejores días, estoy encontrando casi siempre a un norteamericano que los mitiga con un gesto amable.
Cuando llego a mi calle está cortada por las ramas caídas. En mi apartamento, mi casero, una mujer y sus dos hijas están terminando de pintar el salón y algunas tuberías con la pintura roja y azul que compré. Él está hablador y bromista como acostumbra, aunque no le guste cómo ha quedado el salón.
Estoy sentado en el teatro de Waukegan. Hemos venido en autobuses escolares desde las diferentes escuelas. Es la presentación del año escolar. Primero ha tocado una banda infantil. Después tres cadetes, la bandera, los discursos de los representantes educativos, sindicales, del superintendente. Se menciona a todas las escuelas, las que han obtenido mejores resultados, de una manera u otra todos hemos aplaudido o sido aplaudidos, también los profesores españoles… Si tuviera la cabeza más despejada disfrutaría más del acto. Si, pese al sueño, no pensara siempre en lo mismo…
Y para finalizar dos charlas. La más interesante la de un profesor de Harvard, hijo de puertorriqueña y afroamericano que ha nacido en Harlem. Expresa unas cuantas verdades/realidades y pone énfasis en la importancia de que los inmigrantes aprendan inglés.
Estoy caminando al concesionario Mazda y autodealer Rosen&Rosen. Parece que la escuela es definitiva. Ya he estado en mi clase. Junto a la mía estará una profesora española que llegó el año pasado. Me vendrá bien como ayuda. Hemos hablado de Waukegan, de las “peculiaridades” del sistema. Debería adornar la clase. Pero me acaban de abrir la puerta y debería comprar un coche y firmar el contrato. Decido ir al concesionario Mazda para ver el Pontiac del que me hablaron la última vez.
Estoy tumbado en mi colchón, sobre mis sábanas rojas, escribiendo esta entrada en un cuaderno. El piso entero huele a pintura. El colchón, aunque pequeño, se me sigue haciendo grande. La sensación de estafa y pérdida de tiempo del último año y medio no termina de irse. Y, pese a todo, por ello mismo, no termino de entender algunos sentimientos. Mañana tengo un curso de tres horas a las 8 en Greyslake. Podría ir hasta Waukegan y que me llevaran, pero voy a intentar llegar directamente en tren y levantarme una hora más tarde. Después debería ordenar un poco mi clase (no creo que pueda decorarla mucho) y firmar el contrato. Si hay suerte, tal vez el sábado pueda traer los muebles de los amigos de mi “agente”. Tengo que hacer que ciertos pensamientos e ideas salgan por fin de mi cabeza. Que los recuerdos sean sólo recuerdos y no hieran. Intentar vivir, disfrutar y aprovechar este mi pequeño, imperfecto y tan real “sueño americano”.
Estoy caminado por las calles en tinieblas de Chicago. Hoy es la presentación oficial del curso escolar y a las 8 de la mañana debemos estar en el teatro de Waukegan. Primero hay desayuno en las escuelas. En la parada del tren me encuentro con la pareja gay de españoles. Parece que mi portátil aún no se ha dejado ser arreglar.
Estoy volviendo en tren con una compañera a Chicago. Llueve. Un poco antes de Evanston nos anuncian por megafonía que el tren se parará un rato por las ramas caídas en la vía. Frente a nosotros una señora de unos setenta años nos pregunta que en qué lengua hablamos y por nuestra presencia en Estados Unidos. Lleva un pañuelo en la cabeza y el pantalón hasta casi los pechos. Nos dice que es uno de los pocos países de Europa donde no ha estado. Que será el siguiente. Se baja junto a mi compañera en Evanston.
Son las 12:15. Me tengo que levantar a las 6 y ver si hay suerte y no me pierdo. Me levanto para lavarme la boca y echarme a dormir.
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martes, 28 de agosto de 2007
Evanston 2 (agentes y camareritas ucranianas, 15 de agosto)
El martes vamos por segunda vez a Evanston a buscar alojamiento. Me voy por mi cuenta a ver si hay suerte y encuentro algo de una vez. Antes de mi cita deambulo un poco por la ciudad. Compro unas patatas y un refresco en un Burguer King (hasta para mí en este país y recién llegado es inevitable usar este tipo de lugares). A la 1, la hora de la cita, un simpático hombre llamado Rob Domann, de la agencia "Apartment People Realty" me lleva a ver varios apartamentos en su coche. El primero es un estudio al que ya me había llevado una agencia anterior, ridículamente pequeño y caro. El segundo me lo enseña junto a lo que parece la dueña, una mujer mayor que lleva también, creo, el mantenimiento del edificio, y a la que parece que le gusto por ser sólo una persona y profesor. Me lo enseñan mientras come el actual inquilino, una persona de más o menos mi edad de origen indio. El lugar parece aceptable y le van arreglar cosas, pero no puedo ocuparlo hasta el 1 de septiembre y cuesta 900$. El tercer apartamento cuesta algo menos pero está ya un poco lejos de la estación del centro. El cuarto resulta un pelín más divertido. El actual inquilino lo tiene que dejar porque pensó que aceptaban perros y no es así. Y él tiene uno. Mi agente lo llama para ver si es posible verlo, y le responde que sí, que lo único que ocurre es que él no está, pero el perro sí. Mi agente, que dice no tener miedo a los perros, parece estar interesado en saber si hay posibilidades de que nos muerda. El dueño parece indicar que no. Vamos al apartamento, situado en una zona y edificio residenciales, con apariencia de clase media... Al abrir la puerta, un perro de esa raza alemana que tiene la apariencia de un dobermann pero con el tamaño de un caniche en miniatura nos recibe dando saltitos. Al poco lo tengo sobre el sofá, con sus patas delanteras sobre mí, pidiéndome que lo acaricie. No parece peligroso del todo. Es el mejor apartamento que he visto, pero no lo dejan libre hasta el 1 de septiembre también y está en la estación del tren más lejana del centro. Mi agente me comenta cómo Waukegan no es la zona más segura de Illinois. Decido que al día siguiente iré a Chicago a ver si encuentro algo que pueda pagar y que me guste (hay otra oficina de esta misma agencia).
Me compro una limonada (es algo que me gusta de este país, la verdadera limonada hecha a base de zumo de limón agua y azúcar) y unas cerezas en el supermercado "delicatessen" y orgánico. Hablo con mi madre. Me reúno de nuevo con mis compañeras, la mayoría de las cuales ya han reservado su apartamento en el edificio del "El Resplandor". La única compañera que no ha alquilado en el resplandor y que lo ha hecho a través de la misma agencia con la que he estado, me comenta que el agente de recepción, según ella gay, estaba muy interesado en saber si era yo español o italiano y qué tal me había ido. Les repito que no se me dan mal los hombres. Volvemos a Waukegan. En el tren hablamos con un hombre agradable y yo diría que de ideología demócrata que ha nacido en Waukegan, pero es profesor en San Francisco. Nos describe con discreción lo que ya parece evidente sobre nuestro distrito En el hotel conocemos a una nueva compañera que viene de Galicia que está con el profesor español que nos ha ayudado estos días y dos compañeras que han tenido que ir también al aeropuerto a intentar recuperar dos maletas que no vinieron con ellas. El español nos lleva a buscar colchones y menaje para las compañeritas. Entramos también en un Wall Mart, un supermercado que desde España, y también aquí, no me despierta especial simpatía. Volvemos. Decido que yo, personalmente, tengo que cenar algo de cierta consistencia en el restaurante 24 horas, el único que está abierto a las 22:30.
En el restaurante, la camarerita ucraniana, una chica que algo más joven que yo, está especialmente simpática conmigo. Me habla del español (como lengua) y no es especialmente amable con los mejicanos, que según ella son tontos y no quieren aprender inglés. Le intento explicar que es algo un pelín más complicado (qué manía tengo siempre con intentar explicar las cosas, espero que ahora que voy a dar clases de manera oficial me salga más rentable), que son gente de clase baja sin muchos estudios que sólo buscan un trabajo y una vida mejor, y que su español no es ni mejor ni peor que el de España, sólo diferente. No sé si me acaba de entender. En cualquier caso, me pregunta si podría darle algunas clases y ser su profesor. Le digo que vale, que espere hasta el 1 de octubre, cuando ya tenga alojamiento, horarios y esté un poco ubicado. Me pregunta si tengo número de teléfono. Se lo doy. Se tiene que ir, porque al día siguiente entra a las 7 de la mañana.
Al regresar al hotel veo a mis compañeras en la habitación de una de ellas. A la chica andaluza apolítica que en su vida solo ha votado al PP no parece hacerle gracia que vaya a dar clases particulares (clases que, por otra parte, he ofrecido dar gratis) y con su buen humor por no tener aún una de sus dos maletas y el que le hubiera hecho el gran esfuerzo de llevarme la carta de referencia del distrito en su mochila, no está especialmente simpática conmigo. La verdad es que, viniendo de donde vengo y como vengo, decido no perder mucho tiempo más en preocuparme de ciertas cosas y personas. Este año tengo que intentar aprender cosas (si es posible enseñar cosas a mis alumn@s) y conocer lugares y personas interesantes, por lo que me voy a mi habitación. Este bendito ordenador sigue funcionando igual, o sea, mal, lento y bloqueándose. Qué cansancio mental. A las 2 de la mañana más o menos me quedo dormido sobre la cama, y sobre las 6 me meto en ella.
Por desgracia, a ratos, se me sigue haciendo grande la cama y sigo añorando piel y formas. Sigo añorando pasados absurdos o que no fueron tales, momentos que deberían haber sido distintos, micromomentos de felicidad, futuros imposibles, haber tenido ojos en la cara. Y ni lo lúdico de la simpática anécdota con la directa ucraniana parece compensarlo. Debería ser más supuestamente varonil para estas cosas. Supongo.
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